De la película al sensor

Cuesta imaginar hoy que hacer una fotografía fuera, hasta hace no tanto, un acto medido y hasta caro. Cada rollo traía veinticuatro o treinta y seis disparos, ni uno más, y había que esperar días para ver el resultado. Se pensaba antes de apretar el botón, porque cada cuadro contaba. En apenas dos décadas ese mundo desapareció casi por completo, y con él una manera entera de aprender el oficio. Entender cómo llegamos hasta aquí ayuda a valorar la herramienta extraordinaria que hoy damos por sentada, y también a notar lo que se quedó por el camino.
El largo reinado de la película
Durante más de un siglo, fotografiar consistió en dejar que la luz impresionara una emulsión química sobre una tira de celuloide. La cámara era, en esencia, una caja estanca que controlaba cuánta luz entraba y durante cuánto tiempo. El talento del fotógrafo se medía en buena parte por su dominio de esas dos variables, porque no había pantalla que mostrara el error a tiempo de corregirlo. Se aprendía a base de aciertos y fracasos revelados con retraso, y esa disciplina formó a generaciones de reporteros que sabían exactamente lo que estaban capturando antes de capturarlo.
La revolución silenciosa del sensor
El cambio llegó cuando un chip pequeño sustituyó a la película. El sensor digital hace lo mismo que hacía la emulsión, convertir luz en imagen, con dos diferencias que lo transformaron todo: el resultado se ve al instante y el costo por disparo se reduce prácticamente a cero. De repente se podía probar, revisar y volver a probar sin gastar nada. La fotografía se volvió inmediata y experimental. Aquella prudencia obligada del rollo dio paso a la libertad de equivocarse mil veces hasta acertar.
La cámara universal
El último capítulo de esta historia lo llevamos todos encima. Al integrarse en el teléfono, la cámara dejó de ser un objeto que uno decidía llevar consigo y pasó a ser algo que simplemente está siempre ahí. Miles de millones de personas cargan hoy en el bolsillo un equipo que en muchos aspectos supera a las cámaras profesionales de hace veinte años. Cualquiera puede documentar lo que ocurre a su alrededor en el mismo instante en que ocurre.
Eso tiene una consecuencia interesante para el fotoperiodismo. Hoy la primera imagen de un suceso rara vez la toma un profesional: la toma un testigo. El oficio no murió por ello, aunque sí cambió de sitio. El valor se mudó de sitio: hoy está en saber mirar, elegir y contar. La herramienta se volvió universal; la mirada, no.