Oficio

Fotografiar un choque: la escena, las víctimas y qué imágenes deberían publicarse

Tractocamión visto de atrás, con los ejes traseros, la caja del filtro aplastada y un remolque cisterna

Pocas escenas atraen tantas cámaras como un choque. Llega el teléfono de quien pasaba por ahí, llega la patrulla y a veces llega un reportero gráfico que escuchó el aviso en la radio. Lo que encuentran tiene una fuerza visual difícil de ignorar: metal doblado en ángulos que no parecen posibles, vidrio repartido sobre el asfalto, luces rojas y azules rebotando en las ventanas, el trabajo rápido de los rescatistas. Por eso se fotografía tanto. Y por eso es uno de los temas más difíciles del oficio, porque dentro de esa escena casi siempre hay una persona que no eligió estar ahí.

Lo que la escena cuenta

La fotografía de choques cumple una función informativa clara. Muestra la fuerza de un impacto mejor que cualquier cifra de velocidad, explica por qué una avenida estuvo cerrada toda la mañana y, repetida en el mismo lugar, deja constancia de un cruce que sigue sumando heridos.

También tiene una larga historia como imagen. En Nueva York, durante los años treinta y cuarenta, Weegee recorría la ciudad de noche con la radio de la policía encendida y fotografiaba choques y crímenes con un flash duro que dejaba el fondo en negro. Sus copias terminaron en colecciones de museo. A principios de los sesenta, Andy Warhol tomó fotografías de prensa de choques reales y las repitió en serigrafía en su serie sobre la muerte y los desastres. Las personas que aparecían en esas fotos tenían nombre y familia, y el nombre casi nunca acompaña a la imagen.

Cuando hay alguien herido dentro del encuadre

El problema moral empieza cuando hay una persona herida dentro del encuadre. Quien está atrapado en un asiento, sangrando o inconsciente, no puede decirle que sí ni que no a una cámara. No sabe que lo están fotografiando y no va a saber dónde termina esa imagen. El fotógrafo decide por él, en el peor momento de su vida.

Con las personas que murieron, el problema es todavía más serio. Una fotografía del cuerpo de alguien en la carretera se convierte, para miles de desconocidos, en la última imagen de esa persona. La familia no puede retirarla una vez que circula. Una madre puede reconocer el carro de su hijo en una foto compartida en redes antes de que alguien la llame. Años después, esa misma foto sigue apareciendo cuando alguien busca el nombre.

A eso se suma la atracción de la imagen más cruda. La foto más gráfica es la que más se comparte y la que un editor con prisa tiene más tentación de poner arriba. Esa presión empuja siempre hacia el cuadro con más sangre y menos contexto. El código deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España lo pone por escrito: el derecho a la información no justifica "la explotación del sufrimiento ajeno".

La foto que se queda en un expediente

Hay fotografías de heridos que sí tienen una razón de ser, y casi nunca salen en las noticias. Son las que toma la propia persona, o su familia, en los días después del choque: el lugar, los vehículos, los moretones, los puntos, la férula. Esas imágenes le sirven a quien aparece en ellas. Un ajustador de seguros las pide para evaluar el reclamo. Un abogado de accidentes de choques que lleva estos casos en Austin suele pedir primero las fotos del lugar y de las lesiones que la familia tomó con el teléfono, porque muestran con precisión lo que un reporte policial resume en dos líneas.

La diferencia con la foto de prensa está en tres cosas. La toma alguien cercano o alguien con permiso de la persona. Se guarda en un expediente o en una carpeta, lejos de un muro público. Y quien aparece en ella conserva el control: decide quién la ve y para qué.

Publicar solo a quien se recuperó

De ahí sale una regla sencilla para quien decide qué se publica. Las fotografías de personas heridas en un choque deberían publicarse solo cuando esa persona se recuperó, recibió ayuda y aceptó que su imagen se muestre. Las fotos de personas que murieron no deberían publicarse.

La regla se sostiene por tres razones. La primera es el consentimiento. Una persona recuperada puede ver la foto y decidir. Un herido en el asfalto no puede, y una persona fallecida nunca va a poder. La segunda es que la foto de un sobreviviente cuenta la historia completa: el choque, el rescate, el hospital, la terapia, el regreso a caminar o a manejar. La foto de un cuerpo solo muestra el final. La tercera es que la regla quita el incentivo hacia la imagen más cruda, porque la foto que se publica pasa primero por las manos de quien la vivió.

Hay quien defiende las imágenes gráficas porque hacen reaccionar a la gente y ayudan a que se maneje con más cuidado. La persona que aparece en esa foto, sin embargo, nunca se ofreció para una campaña. Quienes sí se ofrecen son los sobrevivientes que deciden contar lo que les pasó y enseñar la cicatriz o los meses de rehabilitación. Ese testimonio, dado con libertad, enseña lo mismo y respeta a quien lo da.

Para el fotógrafo, la regla deja intacto casi todo el trabajo en la escena. Puede fotografiar los vehículos, la vía, las marcas en el pavimento y la labor de los rescatistas, encuadrando de manera que ningún herido sea identificable. Las imágenes de las personas se guardan hasta que cada una pueda decidir. Esa espera le cuesta a un medio alguna portada, y a cambio cada imagen publicada de un herido lleva el permiso de quien sobrevivió.