Reportajes

El barrio en otro idioma: fotografiar a los hispanohablantes de Estados Unidos

Rótulo pintado a mano de una panadería con texto en español
Un rótulo pintado a mano dice más sobre quién vive en una calle que cualquier censo.

Hay más de cuarenta millones de personas que hablan español en casa dentro de Estados Unidos. Es una cifra que convierte al país en uno de los mayores territorios hispanohablantes del planeta, por delante de la mayoría de las naciones donde el español es idioma oficial. Y sin embargo, los barrios donde se concentra esa población siguen siendo, al mismo tiempo, de los más fotografiados y de los menos mirados con atención.

La contradicción se explica por costumbre. Cada pocos años, un fotógrafo de fuera llega a Boyle Heights, a Little Havana, al East End de Houston o al este de Austin, se queda una semana y regresa con el mismo carrete de siempre. Los resultados se parecen tanto entre sí que casi se pueden anticipar antes de verlos.

Las dos postales de siempre

La primera es la folclórica. Murales de colores saturados, una quinceañera con vestido rosa, la fiesta patronal, la fruta apilada en el mercado. Todo eso existe y merece ser fotografiado, pero cuando es lo único que se publica, el barrio queda reducido a una atracción. La imagen resulta simpática y no informa de nada.

La segunda es la contraria. Reja, grafiti, patrulla, semáforo roto, un hombre esperando en una esquina. Se presenta como denuncia social y comparte con la anterior el mismo defecto: llega con la conclusión escrita y sale a buscar las fotos que la ilustren. Un barrio de treinta mil personas no cabe en ninguna de las dos carpetas.

Lo que queda fuera de ambas es casi todo. La lavandería a las siete de la mañana, con las mismas cinco personas de todos los martes. El estacionamiento de la iglesia el domingo, que durante dos horas funciona como plaza pública. La cancha de fútbol de tierra que alguien riega por su cuenta. El negocio que cambia cheques y cobra comisión porque el banco más cercano queda a cuarenta minutos en autobús. Nada de eso es pintoresco ni dramático. Es, simplemente, cómo se vive.

La calle también es el tema

Hay un asunto que aparece una y otra vez en cuanto uno fotografía estos barrios con calma, y que rara vez llega a las series publicadas: la infraestructura. Muchas de estas zonas crecieron a los lados de avenidas anchas y rápidas que se diseñaron para mover autos entre dos puntos, no para que alguien las cruzara a pie. El resultado se ve desde la banqueta y se fotografía sin esfuerzo.

Documentar eso no requiere una tesis. Requiere volver al mismo cruce a distintas horas y disparar lo que hay. La fotografía tiene aquí la ventaja de siempre: se puede discutir si una avenida "es peligrosa"; cuesta más discutir una imagen donde se ve a una señora con dos bolsas esperando en el camellón porque el tiempo del semáforo no le alcanzó.

Los rótulos

El idioma se fotografía. Los rótulos pintados a mano de las taquerías y los talleres, las promociones escritas con marcador sobre cartulina, los avisos bilingües mal traducidos de las oficinas municipales, el letrero de una tienda que abrió con un nombre en inglés y lleva veinte años atendiendo en español. Una serie hecha solo con rótulos de una misma avenida cuenta la historia migratoria de esa avenida sin una sola cara en el encuadre. Es, además, una de las pocas formas de retratar una comunidad sin exponer a nadie.

Consentimiento, con una sensibilidad extra

Aquí el permiso pesa más que en otros trabajos. Una parte de las personas que aparecen en estas calles tiene razones concretas y legítimas para no querer que su cara circule, y esas razones no siempre se pueden preguntar. La regla práctica es sencilla: si la imagen depende de identificar a alguien, se pide permiso; si no depende, se encuadra de manera que no haga falta. Manos, espaldas, herramientas, sombras, el reflejo en un cristal. Se pierde menos de lo que uno teme y se gana una confianza que dura años.

Conviene también dejar el archivo en orden y accesible para la propia comunidad. Muchas de estas colonias no tienen ningún registro visual anterior a los años ochenta, porque nadie con cámara se molestó en hacerlo. Las fotografías que alguien tome esta semana en El Paso, en Chicago, en Phoenix o en el sur de Texas van a ser, dentro de treinta años, el único documento de cómo era esa esquina.

El encargo, si es que hay uno, cabe en una frase: ir al barrio hispanohablante de la propia ciudad, no la semana de la fiesta, y quedarse el tiempo suficiente para que deje de parecer un tema.